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domingo, 21 de junio de 2015

Roto



Quiero pensar que después de todo no se puede estar tan roto.

O tal vez sí; habría que estar lo suficientemente roto, muy cuarteado para dejar escapar sonrisas, risas y carcajadas de vez en cuando; para dejar escapar el hambre de ver cosas bellas, de maravillarse ante ellas; para escaparse entre las ruinas en busca de un poco de sol que te queme la piel o un poco de lluvia que te erice el cuerpo.

Hay que estar lo suficientemente roto para tener la idea de salir a caminar sin rumbo, para dar vuelta ahí donde se fija el instinto de la mirada; hay que estar lo suficientemente roto para dejar escapar la ilusión de encontrarse con todos esos pedazos que hemos dejado o nos han arrebatado en el camino.

Gran responsabilidad es reconocerse roto porque una vez que has encontrado todos tus fragmentos o tienes las suficientes piezas juntas, debes seguir adelante, cargándolos en las manos, llevándolos en la bolsa de la chamarra, en algún álbum de fotos en tu celular o en una playlist que suena en tus oídos.

Lo suficientemente roto para saber quién o qué te puede romper y darle el poder —o negarle el placer— de volverte a romper.






domingo, 8 de marzo de 2015

El viejo vicio de Freud



                    "Fumar se hace necesario cuando no se tiene a quien besar".
                                                                                        – Sigmund Freud

“Fumar se hace necesario cuando no se tiene a quién besar”.
Se hace necesario cuando se han agotado las esperanzas,
Cuando se acaban las horas,
Cuando ya no hay uñas para morder.

Fumar se hace necesario cuando
Aquello que se ama se ha marchado;
Cuando los recovecos donde se escondían
Las pasiones han quedado al descubierto,
Cuando ya no se tiene una mirada para perderse
Y también se pierde el alba
Para reinventarse en otro ser.

Fumar se hace necesario
Cuando te has fumado los recuerdos,
Cuando se acaban los besos y los abrazos,
Cuando el recuerdo del calor de su cuerpo
No basta para espantar el frío del cuarto.

Fumar se hace necesario cuando
Te reseca la aridez de la almohada.
Cuando las vueltas en la cama
No bastan para olvidar.

Fumar se hace necesario
Cuando te has quedado solo,
Cuando necesitas el humo del cigarrillo
Para llenar ese lugar vacío.
Humo que ocupará su ausencia,
Humo que, al igual que su abandono
Y de los al fines y al cabos,
Terminará por matarte.


Isabel Palacios



viernes, 20 de febrero de 2015

Esto no es poesía/Nada



Hace más o menos 19 años me dio por escribir. Por ahí hay dos o tres libretitas llenas de letras de canciones y uno que otro intento de poema perdidas en la casa.

Escribir poesía (o por lo menos escribir algo decente) es una de mis más grandes obsesiones; siento que algunas veces lo he logrado y otras me dan ganas de borrarlo y darme un plomazo. Hay algunas piezas que me gustan y hoy decido aventurarme a publicarlas aquí.

Estas "poesías" o "versos" que empezaré a publicar aquí fueron escritos de 1996 a 2009 aproximadamente y firmados con mi seudónimo, Isabel Palacios. 

Hoy empiezo con la "Nada". Pueden llegar a ella dando clic aquí


Nada

¿Qué se escribe cuando está la nada?
Nada puede ser escrito;
nada rima con nada.
Solo el canto festivo de las palabras cortas,
llenas de personas, de gente sin rostro,
de muchedumbres que se amontonan
entre las letras y las aplastan.

Nada rima con nada.

Junto a la nada todo se evapora.
El amor deja de sonar a agua fresca cayendo,
a atardeceres con los pies enterrados en la playa.
Junto a la nada, un niño deja de correr por la calle,
no hay amigos imaginarios pateando pelotas
ni destruyendo ventanas.

Nada rima con nada.
La sonrisa junto a la nada se derrumba;
no hay polines suficientes para mantenerla en pie.
Junto a la nada se borran los recuerdos,
la paz de la presencia de los otros.
Junto a la nada los amigos huyen
como pájaros amenazados huyendo de las plazas.
Se van corriendo por callejones
en busca de ruido,
en busca de otras palabras.

Nada rima con nada.

Junto a la nada, todo.
El espacio que en mí llenabas implota
hacia el centro de mi alma.
La respiración se corta, se anula el suspiro.
Nada rima con tu nombre que se va nulificando,
casi borrando de mi memoria.

Nada rima con nada. 

                                                                                                                                    Isabel Palacios


domingo, 4 de enero de 2015

Mi país





Me quedo en este pedazo de tierra arrugado, sediento y que en sus adentros guarda el verde y el azul más místicos.

Me quedo en este país narrado por Fuentes, con sus regiones transparentes escenificado en los espacios de Barragán.

Me quedo la niñez de José Emilio y la pasión de Mastretta.

Me quedo con los paísajes de Velasco y las caras de Rivera. Me quedo con el sabor de las frutas de Tamayo y la fuerza de la piedra expuesta por Tamariz.

Me quedo con las noches de fiesta de Novo y la música de Moncayo.

Me quedo en este país.




martes, 28 de octubre de 2014

Un día




Tarde o temprano, te observas en el espejo y te das cuenta de tu propia existencia; esa existencia es finita: las arrugas aparecerán inevitablemente, los dientes se caerán, perderás el cabello, el oído y la vista. 

Por ahí de los treinta y con un poquito de visión, imaginas cuál de tus vicios te llevará a la muerte: tal vez abusas del cigarro, de la comida, del alcohol o de las situaciones peligrosas en las que te metes porque la vida es aquí y ahora. O de plano no abusas de nada y sabes que tarde o temprano te vas a morir de aburrimiento. 

No estás preparado para nada más que para tu propia muerte si eres honesto contigo mismo.

Puede que un día te digas: "Si muero esta noche, no hay problema. Me voy en paz".

Es la muerte de los otros la que duele. Se va tu abuela, tu madre, tu padre o tu hermano. Se va ese perrito que adorabas. Todo se muere tarde o temprano. 

Todos se van, por enfermedad o por edad. Te repites mil veces que era lo mejor, que ya está descansando (que se adelantó a esperarte y cuidarte desde el cielo si te aventuras a creer), pero en el fondo hay algo que no te deja descansar.

¡Eran tuyos! ¿Por qué te los quitan? No podemos dejar atrás el egoismo, porque somos humanos y nos corre la sangre por las venas. Porque se te hacen más pesados los recuerdos, porque con ellos se derrumban tus planes y te dejan como un niño desamparado. 

Hay muertes que te dejarán un poquito roto para siempre, que no se te olvide.





domingo, 28 de septiembre de 2014

Cuento de la abuela





"Ya quiero contarle a mis nietos cómo es que el amor de mi vida salió huyendo", pensaba Lucía mientras un hombre, cualquiera, le ponía un anillo en el dedo.






jueves, 18 de septiembre de 2014

Menos, más

De esas veces, todas,

Que te echo de menos, más.

Que te necesito como nunca, siempre.

Noche sin tu sonrisa, todo el día.

Mis insomnios sin los tuyos para entretenerse.

El sueño que salió a buscarte y tarda en regresar.


El tiempo que se empeña 

En llevarme la contraria,

Que se empeña en gritar 

Y espantar la calma.

La paciencia que se impacienta y se va.


El tiempo sólo teme a algo:

Mi terquedad que se convierte 

En asesina serial.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Silencio



Un día decidí llenarme de valor y mirarte a la cara. Me di la oportunidad de conocerte y de ahí, fue desconocerme. Me diste la fuerza que no tenía; desde ese día soy más fuerte y todo te lo debo a ti. Te debo todo lo que soy ahora.

 Con esa misma fuerza, hoy me quito la venda de los ojos. Jamás formaré parte de tu vida. Me duele aceptar algo que siempre sentí: siempre hiciste lo posible por sacarme de ella. No te lo reprocho, te respeto, pero eso no evita que me duela como una patada.

No te guardo rencor; al contrario, te agradezco todo lo que aprendí de ti. Todo lo que hiciste por mí. Te admiro y siempre lo haré.

Aún me duele que llegaras a pensar que te traicioné. Incluso después de este momento, sería incapaz de hacerlo. Te pido perdón si mis ojos no alcanzan a verlo.

Te voy a querer toda mi vida y con toda mi vida. En este silencio al que me condujiste me quedo; este silencio que es tan grande como mi amor por ti será mi casa, mi techo que a veces me aplasta. Aquí me quedo, aquí te quiero.

Porque cuando quieres a alguien, no puedes permitirle que te haga daño. Porque te quiero, ya no quiero que me duelas.

Quiero que me quieran como te quiero. Quiero que te quieran como te quiero. Sí, de esta manera tan desesperada y sin razón.

Me quedo en el silencio. Desde aquí te quiero. 

lunes, 27 de enero de 2014

Carlitos

A Ranulfo


Casi puedo ver a Carlitos corriendo por Insurgentes, por Álvaro Obregón, enfundado en su trajecito de tenis y llorando camino al edificio de Jim. Hoy no busca resucitar a Mariana; hoy busca a José Emilio. Quiere encontrarlo, saber que no está muerto, que ese hombre que le dio la vida ahora la ha perdido.

Llora porque tendrá que olvidar otra vez ese dolor del que ya nadie puede tener nostalgia. Sigue sin entender que todo tenga que pasar como pasan los discos en la sinfonola. De algo estamos seguros: José Emilio ha muerto. Ya no cumplirá ni ochenta, ni noventa, ni cien años.

                                                                 ~

Él me regaló a José Emilio cuando más lo necesitaba; tenía 15 años y un amor inmenso por su baja estatura, su piel morena, la línea que dibujaba su nariz y esa voz que esta noche escuché de nuevo. Mi maestro de español.

Hoy escuché de nuevo su voz diciéndome que me agradecía que lo quisiera y que sería el hombre más afortunado del mundo si pudiera corresponder. Es el día en que le dije que lo amaba. Me sentí temblar de nuevo en su abrazo y las lágrimas rodando por las mejillas. 

Ese mismo día, me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida: José Emilio Pacheco y sus Batallas en el Desierto. Esa tarde terminé el libro, lloré y comprendí muchas cosas; Carlitos fue mi apoyo, el hombro en el que lloré y quien me ayudó a entender mi primer amor.

José Emilio fue mi terapeuta; dormía con el libro debajo de la almohada, me acompañaba a todas partes. Estuvo conmigo un año más tarde cuando mi maestro se suicidó. Si él viviera, tendría 53 años.

Ya no sé cuántas veces he leído Las Batallas. No sé cuántas veces más la leeré. Hoy he perdido a un poeta que sin saberlo me conocía como pocos me conocen. Hoy perdí a un gran amigo. 

Hoy se me murió José Emilio Pacheco.

sábado, 25 de enero de 2014

La muerte más estúpida

Siempre he pensado que moriré de la manera más estúpida.

Una vez soñé que iba caminando por la calle con mi hermano y de repente, me resbalaba en una bajadita de la banqueta de una calle de La Condesa. Caía cuan pesada soy y mi cabeza recibía todo el golpe. Mi hermano me ayudaba a levantarme, yo me tocaba la cabeza porque la sentía mojada. "Debe ser por la sangre", suponía hasta que veía mi mano llena de masa encefálica y sangre. "Mira, me abrí la cabeza. Me voy a morir", le decía a mi hermano mientras nos reíamos. Vaya pendejada.

Seguramente me atragantaré con algo de comida o agua. Desde que me retiraron las amígdalas, tengo la predisposición a ahogarme con cualquier cosita, ya sea una gota de agua o una migaja. Esa es otra opción, morir asfixiada. Vaya drama.

Siempre he pensado que moriré de la manera más estúpida. Así, rápido, que no le hallen ni pies, ni cabeza, ni una explicación. O tal vez me mate el cáncer de pulmón por fumar y sea cierto lo que dicen las cajetillas de cigarros.

El medio hermano de mi padre, uno de mis tíos favoritos, murió de un regaderazo. No, no se resbaló: un día decidió ahorcarse en la regadera. En lugar de suicidio, prefiero pensar que mi tío murió de un regaderazo y no quitándose la vida. Así lo hago para sonreírle a su recuerdo.

Espero que la gente piense así al contar mi muerte y que al final, no puedan seguir contando la historia porque los mate un ataque de risa.

Siempre he pensado que voy a morir de la manera más estúpida. El tiempo me dará la razón.


miércoles, 15 de enero de 2014

¡Al carajo!

Llévatelo, no lo quiero tener cerca.
Mételo en una cajita, pierde la llave.
Enciérralo en una botella, tírala al mar.
Entiérralo, ahógalo, destrúyelo, quémalo,
rómpelo, bórralo, ráyalo, escribe, pinta sobre él.

No lo quiero ver, oler, presentir.
Derríbalo, construye una gran casa, un edificio,
un gran zócalo.
Echa cemento, cúbrelo, vuelve a derribarlo.
Minimízalo, sintetízalo; no lo quiero ver.

Derrámalo en la coladera, deja que corra el agua,
que se diluya mucho al carajo.
Aplástalo, aplánalo, mételo en un sobre y mándalo lejos.
Sin remitente, sin dirección ni apartado postal.

Llévate lejos este peso que se hunde en el pecho,
que no deja respirar.
Ni quien quiera saber de él.


domingo, 17 de febrero de 2013

Más que a nada en el mundo

No sé, no sabría decirle cuál mirada me gusta más de ella.

Conocí la ternura desde la primera vez que la vi a los ojos, esa tarde en el Centro cuando nos detuvimos a escuchar al organillero. "Me fascina el sonido que soplan esas máquinas, me impresiona tanto o más que cualquier invento del hombre", decía.

Amo también el recuerdo del brillo en sus ojos cuando la veía de reojo en el cine; por la intensidad con que iluminaba toda la sala, podía saber qué tanto le gustaba lo que veíamos. Eso y acariciar su rodilla en la oscuridad hacían que el silencio valiera la pena.

También sus ojos, perdidos entre las letras de un libro, me llenaban la vida.

Ellos, tanto como su boca eran mi mundo. Su abrazo, la manera en que hundía su cabeza en mi cuello, eran mi momento de felicidad cada día.

Todo lo que ella hacía era una maravilla; su mente llena de ideas e inteligencia hicieron que me olvidara de todo, hasta de mis tristezas casi milenarias.

Si ella estuviera a mi lado, tal vez le diría que la mirada que más extraño no es la de mi madre, sino la suya cada vez que hacíamos el amor y permanecíamos desnudos, callados uno al lado del otro. Eso es lo que extraño más que a nada en el mundo.

domingo, 10 de febrero de 2013

Los muertos vivos: Homo Zombie

Todos pensaban que el Apocalipsis Zombie iniciaría con una bacteria creada en un laboratorio o un desastre nuclear; otros pensaban que llegaría del espacio ese motor por el cual los muertos se levantarían de sus tumbas o de sus lechos para comerse a media humanidad. Vivíamos engañados, el gen zombie estaba en nosotros.

Estaba en nuestra sangre, en nuestros huesos; estaba en nuestros hombros cada vez que rozaban el hombro del otro en el transporte público. Latía en nuestro corazón lleno de furia mientras esperábamos en el tráfico; en el estómago cada vez que veíamos a un político abusar de la demagogia. Se sentía vivo y fortalecido con el odio.

Ya éramos zombies bien vestidos compartiendo asiento en el transporte colectivo, en los restaurantes. Nos dábamos la paz en misa calmando el hambre de arrancarle de una mordida un pedazo de carne al otro. Disimulábamos muy bien la condena.

Fue así que un día, harta de los empujones del señor de junto, la secretaria que viajaba rumbo a su casa no pudo más y dejó salir al zombie. Soltó la bolsa y el gen del muerto vivo empezó a brotar de su frente brillando entre las gotas de sudor. Cuando el bolso cayó en el pie del gordo, levantó la vista y pudo ver los ojos ya muertos de la secretaria; ésta, soltó la mordida hambrienta en contra de la cara del gordo mientras su largas uñas de acrílico se aferraban a su yugular.

El pánico, el miedo y el enojo detonaron el gen del resto de los viajantes, así empezó el Apocalipsis Zombie. Siempre se lo dije al señor Alcalde: el pésimo servicio de transporte de la ciudad provocará un lamentable accidente un día de estos.


lunes, 28 de enero de 2013

El análisis

Despertó, era domingo por la mañana. De pronto recordó que tenía que hacerse un análisis de sangre, sencillo; era necesario saber su tipo de sangre y su Rh. Agilizó el trago amargo; se puso unos jeans, un suéter y salió a la calle. Llevaba consigo lo necesario; dinero suficiente para pagar el estudio, gafas de sol y música en su celular.

Sentada en la sala de espera veía a los pacientes y los doctores pasar de aquí para allá. A las mujeres que apresuradas y con nerviosismo tomaban agua esperando un ultrasonido. A los ancianos necios que peleaban con sus hijos insistiendo en la pérdida de tiempo. A los niños nerviosos por su primera vez frente a la aguja; ella aún tenía ese temor infantil. Escuchó su nombre: "Señorita, pase por aquí".

Sentada frente a la enfermera recordaba aquella vez en que tuvieron que sacarle sangre del dorso de la mano porque no le encontraban una vena y, al parecer, esta vez pasaría lo mismo.

Después de dos pinchazos sin suerte, la enfermera preguntó:

-¿Le ha pasado antes?
-Sí, -respondió ella- No es novedad.
-Es que siento la vena, pero no hallo la trayectoria.

En ese momento comprendió por qué siempre se le confundía el corazón.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El mito de la tormenta

Un pequeño científico hizo un gran descubrimiento una tarde nublada.

Guiado por su curiosidad, entre salto y salto por la acera, descubrió la forma más sencilla de producir prodigios naturales. Su madre le había pedido que no lo hiciera, pero su hambre de saber pudo más que la advertencia.

Algún día alguien hablará de su cara de felicidad por el resultado del experimento. Un gran brinco sobre el agua que reposa en la calle. Una carcajada que calla el rayo que ilumina el cielo. La lluvia que se desata por el encanto de su risa.

La capacidad que tiene el charco de convertirse en tormenta.

Epílogo

Dicen que la mamá del científico se enojó al ver las calcetas llenas de lodo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

miércoles, 17 de octubre de 2012

Los muertos vivos

“Emparéjale a la puerta que se meten los zombies.", decía mi abuela riéndose en aquellos días en que nos habíamos acostumbrado a su presencia.

Los veíamos llegar por el camino y era la señal de que el ocaso se acercaba. Ellos sabían que en la noche era más fácil encontrar alguna víctima. La noche era lo peligroso, después de tantos años de convivencia sabíamos que el día nos pertenecía a los vivos y la noche a ellos.

Los vivos, los sobrevivientes. En un principio era un orgullo llamarse así; ahora, con pocos alimentos y con los escasos bienes que nos quedan estamos igual de muertos en vida que ellos.

Cuando aseguramos el rancho cavando zanjas y poniendo púas en las bardas, nos dimos a la tarea de caminar al pueblo y recorrerlo buscando comida, cualquier cosa que pudiera servirnos de arma y claro, otros sobrevivientes que pudiéramos alojar en el rancho.

Vimos cosas que jamás nos hubiéramos imaginado. Cuando "ellos" llegaron, todos vivíamos un día normal; los niños en la escuela, los hombres en el campo y las señoras en su casa o en la iglesia.

La iglesia, creo que eso es lo más feo que recuerdo. Mi tía Martita quedó ahí. Teníamos días buscándola, pensamos que se habría ido en los camiones del ejército. Ella vivía sola en el pueblo y los militares vinieron de noche por la gente, por eso los que no vivíamos allá nos quedamos a la buena de Dios.

Una vez peinado el pueblo, el único lugar que nos quedaba por revisar era la iglesia y el dispensario. De ahí pudimos sacar medicinas, curaciones para lo que se ofreciera y algo de alimento. Entramos a la nave de la iglesia y estaba vacía, lo malo estaba en la sacristía. Ahí se encerraban todas las tardes las de la vela perpetua a rezar con el padre.

Todos estaban muertos dando vueltas como poseídos, también mi tía Martita. La pobrecita nada más apretó el rosario que llevaba todavía en la mano cuando mi tío Juan le clavó el machete en la cabeza. Cuando regresamos al rancho y le contamos a la abuela que se había convertido en uno de ellos, dijo: "Siempre se lo dije, ponte a hacer algo de provecho, Marta. Estar metida en la iglesia no te va a dejar nada bueno. Mira, hasta solterona se quedó la muy tonta".

¿Lo más gracioso? Cuando una noche escuchamos mucho ruido. Los perros ladraban mucho y salimos a ver qué pasaba porque según nosotros cercas y zanjas estaban bien puestas. En medio de los maizales, el viejo Ramiro daba vueltas persiguiendo a los perros con un trinche que le atravesaba por la mitad del cuerpo. Mi tío y yo nos reíamos de que el viejo, que en vida mal miraba a medio pueblo por ser el más rico de la región, ahora ni un mendigo perro se podía comer. Mi abuelo nos alcanzó, miró lo que pasaba y le dijo a mi tío: "Ya Juan, mata a ese desgraciado. Suficiente castigo tuvo con ser tan pendejo en vida".

Aquí estamos. Han pasado más de 8 años desde que ellos, los zombies como dijeron en el radio, llegaron caminando desde el norte. Mis abuelos se hacen cada día más viejos y sólo me quedan ellos y mi tío Juan. Mi papá, después de que se murió mi mamacita se fue para el gabacho. La mera verdad se me hace que él ya también está muerto. A veces sueño que entra caminando por el camino viejo, convertido en zombie, buscando que su gente le dé la paz que necesita clavándole un machete en el mero seso.

domingo, 30 de septiembre de 2012

La fiesta

Ricardo Olivas pensó dos veces antes de hacer ese viaje. Alejarse de su demandante jefe era un arma de dos filos; mientras le insistía que tomara ese descanso después de cuatro años de trabajar para él, sabía que estaría llamándole las 24 horas del día por asuntos del "negocio".

Ricardo Olivas también lo pensó dos veces cuando sus amigos de la infancia, del fútbol en el llano, lo invitaron a "pistear" para celebrar que había regresado al pueblo que lo vio nacer. Después de todo, él iba a ver a su madre que se había quedado sola cuando sus hermanos se fueron al gabacho y a descansar.

Lo que Ricardo Olivas no pensó, bueno y no es que tuviera mucho tiempo para hacerlo, es que sería su mejor amigo, ese con quién iban a ver a las muchachas desnudas bañándose en el río quién le dijera al calor de las copas que era de los "sicaritos" de su jefe y venía a matarlo.