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martes, 21 de julio de 2015

El mar






Y ahí, parado en la orilla de la playa, se dio cuenta de que ni toda esa agua sería capaz de deshacer el nudo en la garganta que sentía cada vez que recordaba su mirada, esos ojos llenos de lágrimas que brillaban y temblaban mientras su boca, esos dos carnosos labios que le hacían temblar cada vez que rozaban su piel, se despedían gritándole que por una puta vez en su vida se dejara amar.

Ni tragándose toda esa arena podría llenar el hueco en su pecho.  



viernes, 20 de febrero de 2015

Esto no es poesía/Nada



Hace más o menos 19 años me dio por escribir. Por ahí hay dos o tres libretitas llenas de letras de canciones y uno que otro intento de poema perdidas en la casa.

Escribir poesía (o por lo menos escribir algo decente) es una de mis más grandes obsesiones; siento que algunas veces lo he logrado y otras me dan ganas de borrarlo y darme un plomazo. Hay algunas piezas que me gustan y hoy decido aventurarme a publicarlas aquí.

Estas "poesías" o "versos" que empezaré a publicar aquí fueron escritos de 1996 a 2009 aproximadamente y firmados con mi seudónimo, Isabel Palacios. 

Hoy empiezo con la "Nada". Pueden llegar a ella dando clic aquí


Nada

¿Qué se escribe cuando está la nada?
Nada puede ser escrito;
nada rima con nada.
Solo el canto festivo de las palabras cortas,
llenas de personas, de gente sin rostro,
de muchedumbres que se amontonan
entre las letras y las aplastan.

Nada rima con nada.

Junto a la nada todo se evapora.
El amor deja de sonar a agua fresca cayendo,
a atardeceres con los pies enterrados en la playa.
Junto a la nada, un niño deja de correr por la calle,
no hay amigos imaginarios pateando pelotas
ni destruyendo ventanas.

Nada rima con nada.
La sonrisa junto a la nada se derrumba;
no hay polines suficientes para mantenerla en pie.
Junto a la nada se borran los recuerdos,
la paz de la presencia de los otros.
Junto a la nada los amigos huyen
como pájaros amenazados huyendo de las plazas.
Se van corriendo por callejones
en busca de ruido,
en busca de otras palabras.

Nada rima con nada.

Junto a la nada, todo.
El espacio que en mí llenabas implota
hacia el centro de mi alma.
La respiración se corta, se anula el suspiro.
Nada rima con tu nombre que se va nulificando,
casi borrando de mi memoria.

Nada rima con nada. 

                                                                                                                                    Isabel Palacios


miércoles, 5 de febrero de 2014

Silencio



Un día decidí llenarme de valor y mirarte a la cara. Me di la oportunidad de conocerte y de ahí, fue desconocerme. Me diste la fuerza que no tenía; desde ese día soy más fuerte y todo te lo debo a ti. Te debo todo lo que soy ahora.

 Con esa misma fuerza, hoy me quito la venda de los ojos. Jamás formaré parte de tu vida. Me duele aceptar algo que siempre sentí: siempre hiciste lo posible por sacarme de ella. No te lo reprocho, te respeto, pero eso no evita que me duela como una patada.

No te guardo rencor; al contrario, te agradezco todo lo que aprendí de ti. Todo lo que hiciste por mí. Te admiro y siempre lo haré.

Aún me duele que llegaras a pensar que te traicioné. Incluso después de este momento, sería incapaz de hacerlo. Te pido perdón si mis ojos no alcanzan a verlo.

Te voy a querer toda mi vida y con toda mi vida. En este silencio al que me condujiste me quedo; este silencio que es tan grande como mi amor por ti será mi casa, mi techo que a veces me aplasta. Aquí me quedo, aquí te quiero.

Porque cuando quieres a alguien, no puedes permitirle que te haga daño. Porque te quiero, ya no quiero que me duelas.

Quiero que me quieran como te quiero. Quiero que te quieran como te quiero. Sí, de esta manera tan desesperada y sin razón.

Me quedo en el silencio. Desde aquí te quiero. 

lunes, 27 de enero de 2014

Carlitos

A Ranulfo


Casi puedo ver a Carlitos corriendo por Insurgentes, por Álvaro Obregón, enfundado en su trajecito de tenis y llorando camino al edificio de Jim. Hoy no busca resucitar a Mariana; hoy busca a José Emilio. Quiere encontrarlo, saber que no está muerto, que ese hombre que le dio la vida ahora la ha perdido.

Llora porque tendrá que olvidar otra vez ese dolor del que ya nadie puede tener nostalgia. Sigue sin entender que todo tenga que pasar como pasan los discos en la sinfonola. De algo estamos seguros: José Emilio ha muerto. Ya no cumplirá ni ochenta, ni noventa, ni cien años.

                                                                 ~

Él me regaló a José Emilio cuando más lo necesitaba; tenía 15 años y un amor inmenso por su baja estatura, su piel morena, la línea que dibujaba su nariz y esa voz que esta noche escuché de nuevo. Mi maestro de español.

Hoy escuché de nuevo su voz diciéndome que me agradecía que lo quisiera y que sería el hombre más afortunado del mundo si pudiera corresponder. Es el día en que le dije que lo amaba. Me sentí temblar de nuevo en su abrazo y las lágrimas rodando por las mejillas. 

Ese mismo día, me dio uno de los mejores regalos que me han dado en la vida: José Emilio Pacheco y sus Batallas en el Desierto. Esa tarde terminé el libro, lloré y comprendí muchas cosas; Carlitos fue mi apoyo, el hombro en el que lloré y quien me ayudó a entender mi primer amor.

José Emilio fue mi terapeuta; dormía con el libro debajo de la almohada, me acompañaba a todas partes. Estuvo conmigo un año más tarde cuando mi maestro se suicidó. Si él viviera, tendría 53 años.

Ya no sé cuántas veces he leído Las Batallas. No sé cuántas veces más la leeré. Hoy he perdido a un poeta que sin saberlo me conocía como pocos me conocen. Hoy perdí a un gran amigo. 

Hoy se me murió José Emilio Pacheco.

sábado, 25 de enero de 2014

La muerte más estúpida

Siempre he pensado que moriré de la manera más estúpida.

Una vez soñé que iba caminando por la calle con mi hermano y de repente, me resbalaba en una bajadita de la banqueta de una calle de La Condesa. Caía cuan pesada soy y mi cabeza recibía todo el golpe. Mi hermano me ayudaba a levantarme, yo me tocaba la cabeza porque la sentía mojada. "Debe ser por la sangre", suponía hasta que veía mi mano llena de masa encefálica y sangre. "Mira, me abrí la cabeza. Me voy a morir", le decía a mi hermano mientras nos reíamos. Vaya pendejada.

Seguramente me atragantaré con algo de comida o agua. Desde que me retiraron las amígdalas, tengo la predisposición a ahogarme con cualquier cosita, ya sea una gota de agua o una migaja. Esa es otra opción, morir asfixiada. Vaya drama.

Siempre he pensado que moriré de la manera más estúpida. Así, rápido, que no le hallen ni pies, ni cabeza, ni una explicación. O tal vez me mate el cáncer de pulmón por fumar y sea cierto lo que dicen las cajetillas de cigarros.

El medio hermano de mi padre, uno de mis tíos favoritos, murió de un regaderazo. No, no se resbaló: un día decidió ahorcarse en la regadera. En lugar de suicidio, prefiero pensar que mi tío murió de un regaderazo y no quitándose la vida. Así lo hago para sonreírle a su recuerdo.

Espero que la gente piense así al contar mi muerte y que al final, no puedan seguir contando la historia porque los mate un ataque de risa.

Siempre he pensado que voy a morir de la manera más estúpida. El tiempo me dará la razón.


miércoles, 15 de enero de 2014

¡Al carajo!

Llévatelo, no lo quiero tener cerca.
Mételo en una cajita, pierde la llave.
Enciérralo en una botella, tírala al mar.
Entiérralo, ahógalo, destrúyelo, quémalo,
rómpelo, bórralo, ráyalo, escribe, pinta sobre él.

No lo quiero ver, oler, presentir.
Derríbalo, construye una gran casa, un edificio,
un gran zócalo.
Echa cemento, cúbrelo, vuelve a derribarlo.
Minimízalo, sintetízalo; no lo quiero ver.

Derrámalo en la coladera, deja que corra el agua,
que se diluya mucho al carajo.
Aplástalo, aplánalo, mételo en un sobre y mándalo lejos.
Sin remitente, sin dirección ni apartado postal.

Llévate lejos este peso que se hunde en el pecho,
que no deja respirar.
Ni quien quiera saber de él.


lunes, 11 de noviembre de 2013