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domingo, 10 de febrero de 2013

Los muertos vivos: Homo Zombie

Todos pensaban que el Apocalipsis Zombie iniciaría con una bacteria creada en un laboratorio o un desastre nuclear; otros pensaban que llegaría del espacio ese motor por el cual los muertos se levantarían de sus tumbas o de sus lechos para comerse a media humanidad. Vivíamos engañados, el gen zombie estaba en nosotros.

Estaba en nuestra sangre, en nuestros huesos; estaba en nuestros hombros cada vez que rozaban el hombro del otro en el transporte público. Latía en nuestro corazón lleno de furia mientras esperábamos en el tráfico; en el estómago cada vez que veíamos a un político abusar de la demagogia. Se sentía vivo y fortalecido con el odio.

Ya éramos zombies bien vestidos compartiendo asiento en el transporte colectivo, en los restaurantes. Nos dábamos la paz en misa calmando el hambre de arrancarle de una mordida un pedazo de carne al otro. Disimulábamos muy bien la condena.

Fue así que un día, harta de los empujones del señor de junto, la secretaria que viajaba rumbo a su casa no pudo más y dejó salir al zombie. Soltó la bolsa y el gen del muerto vivo empezó a brotar de su frente brillando entre las gotas de sudor. Cuando el bolso cayó en el pie del gordo, levantó la vista y pudo ver los ojos ya muertos de la secretaria; ésta, soltó la mordida hambrienta en contra de la cara del gordo mientras su largas uñas de acrílico se aferraban a su yugular.

El pánico, el miedo y el enojo detonaron el gen del resto de los viajantes, así empezó el Apocalipsis Zombie. Siempre se lo dije al señor Alcalde: el pésimo servicio de transporte de la ciudad provocará un lamentable accidente un día de estos.


miércoles, 17 de octubre de 2012

Los muertos vivos

“Emparéjale a la puerta que se meten los zombies.", decía mi abuela riéndose en aquellos días en que nos habíamos acostumbrado a su presencia.

Los veíamos llegar por el camino y era la señal de que el ocaso se acercaba. Ellos sabían que en la noche era más fácil encontrar alguna víctima. La noche era lo peligroso, después de tantos años de convivencia sabíamos que el día nos pertenecía a los vivos y la noche a ellos.

Los vivos, los sobrevivientes. En un principio era un orgullo llamarse así; ahora, con pocos alimentos y con los escasos bienes que nos quedan estamos igual de muertos en vida que ellos.

Cuando aseguramos el rancho cavando zanjas y poniendo púas en las bardas, nos dimos a la tarea de caminar al pueblo y recorrerlo buscando comida, cualquier cosa que pudiera servirnos de arma y claro, otros sobrevivientes que pudiéramos alojar en el rancho.

Vimos cosas que jamás nos hubiéramos imaginado. Cuando "ellos" llegaron, todos vivíamos un día normal; los niños en la escuela, los hombres en el campo y las señoras en su casa o en la iglesia.

La iglesia, creo que eso es lo más feo que recuerdo. Mi tía Martita quedó ahí. Teníamos días buscándola, pensamos que se habría ido en los camiones del ejército. Ella vivía sola en el pueblo y los militares vinieron de noche por la gente, por eso los que no vivíamos allá nos quedamos a la buena de Dios.

Una vez peinado el pueblo, el único lugar que nos quedaba por revisar era la iglesia y el dispensario. De ahí pudimos sacar medicinas, curaciones para lo que se ofreciera y algo de alimento. Entramos a la nave de la iglesia y estaba vacía, lo malo estaba en la sacristía. Ahí se encerraban todas las tardes las de la vela perpetua a rezar con el padre.

Todos estaban muertos dando vueltas como poseídos, también mi tía Martita. La pobrecita nada más apretó el rosario que llevaba todavía en la mano cuando mi tío Juan le clavó el machete en la cabeza. Cuando regresamos al rancho y le contamos a la abuela que se había convertido en uno de ellos, dijo: "Siempre se lo dije, ponte a hacer algo de provecho, Marta. Estar metida en la iglesia no te va a dejar nada bueno. Mira, hasta solterona se quedó la muy tonta".

¿Lo más gracioso? Cuando una noche escuchamos mucho ruido. Los perros ladraban mucho y salimos a ver qué pasaba porque según nosotros cercas y zanjas estaban bien puestas. En medio de los maizales, el viejo Ramiro daba vueltas persiguiendo a los perros con un trinche que le atravesaba por la mitad del cuerpo. Mi tío y yo nos reíamos de que el viejo, que en vida mal miraba a medio pueblo por ser el más rico de la región, ahora ni un mendigo perro se podía comer. Mi abuelo nos alcanzó, miró lo que pasaba y le dijo a mi tío: "Ya Juan, mata a ese desgraciado. Suficiente castigo tuvo con ser tan pendejo en vida".

Aquí estamos. Han pasado más de 8 años desde que ellos, los zombies como dijeron en el radio, llegaron caminando desde el norte. Mis abuelos se hacen cada día más viejos y sólo me quedan ellos y mi tío Juan. Mi papá, después de que se murió mi mamacita se fue para el gabacho. La mera verdad se me hace que él ya también está muerto. A veces sueño que entra caminando por el camino viejo, convertido en zombie, buscando que su gente le dé la paz que necesita clavándole un machete en el mero seso.