miércoles, 28 de septiembre de 2011

12:34

Son las 12:34 a.m. Para mí, esa hora es más poderosa que cualquier 11:11. Empecé a leer El Último Libro; sí, ese en el que escribí yo. Hace un par de horas, terminé de escuchar el podcast en el que aparece un gag; sí, ese que escribí yo.

De repente, recordé todos los mensajes que le mandé a (-----), a Juan... Incluso a Rubén. Recordé las charlas con Cynthia, mis post en Twitter y por supuesto los que he publicado aquí.

Me dio miedo pensar en como mis palabras se cuelan, sinvergüenzas, por los ojos de quien las observa. Algún día, no hoy, no mañana, alguien las recordará y no sé que tanto le pueda cambiar la vida.

Piezas de dominó colocadas estratégicamente para caer con el movimiento correcto. Las palabras como armas punzocortantes.

Y no es que quiera darme importancia en esta vida, aunque mis palabras han sido botín de guerra.

Siempre he envidiado la capacidad de crear que hierve en las manos de mi hermano.

Tengo miedo. Ya no son las 12:34.

1 comentario:

Okami Tamashi dijo...

Algunas palabras quedan grabadas para siempre, como un tatuaje invisible en la corteza cerebral.